Dicen que echar la vista atrás es bueno a veces. Ahora que tengo un poco de tiempo, y la indecisión de cuál va a ser mi próximo proyecto, he decidido ordenar todas las ideas, notas y proyectos escritos en retales de papel que he ido almacenando con los años. Los de los últimos tiempos los tengo ya organizados en un archivador, con sus correspondientes etiquetas, donde distingo entre ideas, personajes, diálogos sueltos, anécdotas con posibilidades, imágenes visuales y documentación. He aprendido a ser ordenado, a guardar y a hallar cuando los necesito. Aunque confío en mi memoria, ya no me fío del todo de ella.

Por fin me he sentido con ganas de coger esos recortes perdidos, esos trozos de papel cuadriculado, esos folios doblados y casi amarillentos, y he ido pasándolos manualmente a mi nuevo formato normalizado de almacenamiento de ideas. Al leer esos papeles, organizados dentro de un folio doblado y con un título escrito a boli en el centro, me he llevado sorpresas, algunas buenas y otras no tanto.

Entre las sorpresas buenas está hecho de que te das cuenta de que, al menos, eres capaz de expresarte mejor que años antes, que ya es un logro. Pero entre las malas te encuentras que la mayoría de esos papeles están llenos de personajes clichés, situaciones y tramas manidas y malos diálogos, tal y como era de esperar.

En alguno de esos retales te sorprendes a ti mismo y llegas a pensar si de verdad has sido tú quien ha tenido ese germen de idea tan buena, o quien ha descrito tan bien a ese personaje. Te das cuenta de que hay historias que has ido repitiendo a lo largo de los años, personajes recurrentes y tramas que ya has utilizado en otros proyectos. Lo que te indica que es verdad que las historias te van acompañando durante tu vida y que esperan su momento para salir de ese trozo de papel.

Desde esta distancia temporal se pierde la conciencia de uno mismo y te vuelves mucho más crítico con el trabajo, y también más honesto. Pasas al archivador de las ideas lo realmente bueno y te atreves a tirar por fin a la papelera esos viejos legajos, con tu antigua letra, tus faltas de ortografía y tus dibujos al dorso. Aprendes,por fin, a separar el grano de la paja.

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